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Agricultura, Rebelión y Devoción

Cuando viajamos a Patillas y nos topamos de frente con el golpe de luz y agua que nos sale al paso, el esplendor de esa geografía silvestre, cuya historia ha sido escrita con pinceles de guajana o manchas de café cola’o, es un brillo que nos ciega por un instante y nos impide ver el pasado institucional del municipio. Esto, a pesar de alguna que otra escultura simpatizante, la presencia, por supuesto, del templo católico, la agradable plaza de recreo municipal y otras señas oficiales. Al llegar a Patillas, queridos amigos, nos topamos con un lago enorme bajo cuya hermosa superficie azul verdosa dormitó por algún tiempo un triste ahogado, a quien debemos rescatar del olvido tanto como a aquellos que perecieron anegados por el Mar Caribe patillense, cómplice preferido del rabioso acantilado de Mala Pascua. De un lado está este mar enconado, que se tranquiliza por temporadas extensas, solo para tomarse su tiempo en concebir y cuajar las gigantescas tormentas que ...

Pez superior

En torno a la historia de Patillas.

Breve reseña de: Nieves Rivera, Jorge. Agricultura, Rebelión y Devoción. Tres microhistorias del sureste de Puerto Rico . San Juan: Editorial Akelarre, 2015. La región sureste de Puerto Rico no solo cautiva nuestros sentidos cotidianos, gracias a su diversidad ecológica viva y radiante, sino que es una zona rica en historia que como toda zona histórica, se transfigura en territorio ejemplar. Las pugnas finiseculares entre el llano y la montaña, entre incondicionales y liberales, entre hacendados y peones, quedan retratadas de manera sencilla, imparcial y humana, en este maravilloso trabajo de investigación histórica. Trabajo sucinto, como el pueblo de Arroyo, y profundo, como las impresionantes fayas de la Sierra de Cayey. La huella del pasado aparece de repente entre cafetales: una clave toponímica, unas ruinas sepultadas en la hierba o un puñado de entrevistas fundamentales con esos admirables sobrevivientes del pasado que son nuestros viejos (al decir de Carlos Monsiváis)...

Finalmente!!

Ha pasado mucho tiempo desde la última vez: 1. Murió Galeano. 2. Me llamaron de la Golden Key. 3. Escribí una página más.  Todo lo demás sigue en orden, tal y como siempre ha ocurrido. Me sorprenden, sin embargo, aquellos que sabiendo que pueden conocer sobre las cosas, acogen el equívoco capricho de no hacerlo.  Necedad en la que también yo había incurrido en múltiples ocasiones y que hoy, gracias al tiempo que pasa y no te espera, he decidido rechazar con vehemencia. Hojalabra: vibra feliz en la palabra .

Kenshin Battosái Himura

Esa niña que está ahí tirada no es mi pequeño hijo. ¿Qué hace en la cama de Polito? —Papá, soy yo, Polito. —¿Con una peluca? Quítatela ahora mismo. —Es para el día del amigo oriental. —¿Quién te la dio? —Misis Ume. Tan chiquito y en revoluses extraños. —Soy Kenshin Battosái Himura. —¿Quién? —¡Al ataque! —¡Polito! —Soy Kenshin Battosái Himura. —Basta. ¿Qué hace la maestra de Kínder enseñándote esas mariconerías? Salvaje. —Yo no soy un salvaje. Soy un samurái. —¿Para dónde vas? Ven acá. ¿Cómo te atreves?   Pero el niño, pequeño samurái, nunca regresaría a ese cuarto o a esa casa. Nunca volvería a enfrentar con sus poderes orientales a ese contrincante ebrio e imposible que se llamaba Papá. Su padre le había arrancado el cabello ilusionante, tan y tan duramente, que Polito apareció ante aquel hombre con un gesto combativo. Con la cabecita rapada de siempre, es cierto, y sus hombritos flaquitos, pero firme, se posó ante Hachiro Hiroto, contendiente...

La manzana en el fondo del mar

Voy a morder una manzana azul. Había pasado más de una semana sobre aquella mesa de la cocina. No se supone que la coma. No sabía cómo había llegado hasta allí. Pero vi su forma apetecible y quise comerla, sin saber sus nutrientes, y sin haber probado jamás sus calorías. Los ojos de Alicia, un poco me dejaron ver que algún tiempo había transcurrido. Sin embargo, Alicia había comido hacía poco. Aquella hambre, aquel deseo, eran exclusivamente míos. No eran las manzanas sus frutas predilectas. Lo eran, sin embargo, los mangoes, las papayas y las piñas erizadas. ¡Ah, qué hambre la suya! ¡Ah, qué calor! No tuvo más remedio que desgarrar aquella vestimenta que apretada, envolvía su cuerpo; era la desnudez, su respuesta. Y así se abalanzó sobre aquella ensalada de sabores. “Aquella hambre, aquel deseo, eran exclusivamente míos”, se dijo Alicia. “Voy a morder una manzana azul.” “¡Jamás!”, pensó el hada justiciera, custodia de Alicia. Pero el az...