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Ramonita Lorenzo, In memoriam


Te fuiste sin avisarme, Mona, y esto no sé si te lo voy a perdonar tan fácilmente. A pesar de lo mucho que te debo, a saber: años y años de comida y alojo; una hermana, dos hermanos, tres sobrinos; un recuerdo iluminado por la tranquilidad; una estela de confianza.

Tú tan pausada, Mona, y te fuiste a toda prisa. ¿Por qué? ¿Para castigarme por qué cosa? Si tú sabes que yo te pensaba pagar poco a poco, o mejor: bloque a bloque, las 6 casas en las que me acogiste cuando yo era joven, cuando estuve alegre, cuando me embriagué de vino, cuando estuve triste o fatigado.

¿De dónde te salió tanta prisa? Yo te voy a alcanzar algún día, y tal vez entonces, seguramente entonces, te perdone. Hoy me siento abandonado.

¡Quién lo diría! Una mujer tan bondadosa y tratando tan fulminantemente a uno de sus hijos adoptivos. Yo otra cosa tuya no soy, querida Mona, aunque tengo una madre también buena, que se sorprende como yo, y con lágrimas asume tu pronta partida.

Gracias por esta extensa familia que nos dejaste. Aunque, ¿qué vamos a hacer tantos hermanos, sin la suave fuerza de tan buena madre? ¿Sin tu serena alegría? ¿Sin tus palabras tranquilas? ¿Sin tu despreocupada sabiduría?

Gracias por esos consejos que me diste: No romperle el corazón a una mujer. Perdonar a mi padre. No engordar. No beber tanto. Aunque, ¿de qué me sirve tanto conocimiento, si te fuiste con urgencia incomprensible, a esperarnos al otro lado del cielo radiante?

Dejaste una acera en la ciudad, por la que te iba a pasear en diciembre. Me dejaste una lección de ajedrez, antes de que pudiera ofrecértela. Te llevaste, al menos, el abrazo feliz que pude darte.

Te fuiste sin avisarme, Mona, y eso no se hace.

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